lunes, 28 de septiembre de 2009

POESÍA DE USA - Allen Tate, el fugitivo de la modernidad



Introducción y traducciones de Luis Benítez
POESÍA BILINGÜE ESPAÑOL/INGLÉS

John Orley Allen Tate nació en Winchester, Kentucky, EE. UU., en 1899, el mismo año que nuestro Jorge Luis Borges, y falleció en Nashville en 1979. Distinguido tanto como poeta como en su calidad de crítico literario, tuvo una postura acerba y enconada contra los postulados de vida aceptados por sus compatriotas, a medida que los Estados Unidos iban convirtiéndose en el paradigma occidental. Feroz crítico de la comodidad y la autocomplacencia que veía extenderse a su alrededor, fue asimismo duramente atacado por aquellos que lo motejaron de reaccionario, aunque no podían dejar de reconocerle su genio literario. Autor de una de las obras más originales y notables de la poesía norteamericana del siglo XX, Tate, sin embargo, es muy poco conocido en nuestra lengua, quizá porque su obra proviene de la corriente emanada de Edgar Allan Poe, culta y por momentos hermética, en oposición a la influencia whitmaniana, vitalista y decididamente coloquial, mucho más difundida desde las repetidas traducciones al español de su directa representante, la poesía beat.

John Orley Allen Tate cursó sus estudios en la Vanderbilt University. En ella fue discípulo de John Crowe Ransom y también compañero de estudios de Robert Penn Warren, con quien formó el grupo de Los Fugitivos, y fundó la revista The Fugitive (1922). Fue editor de la prestigiosa Sewanee Review (1944-1946). En 1950 se convirtió al catolicismo, y a partir de 1951 fue profesor de literatura inglesa en la Minnesota University. En 1928 publicó su primer libro de poemas, Mr. Pope y otros poemas, y en 1936 el primero de sus libros de ensayos, titulado Ensayos reaccionarios sobre poesía e ideas. Su obra poética se condensa en los títulos El Mediterráneo y otros poemas, editado en1936; Poesías, 1920-1945, publicado en1947; Poesías, 1922-1947, impreso en1948. Además, Tate publicó en 1932 la novela Los padres y diversos libros de ensayos críticos, entre ellos: Sobre los límites de la poesía, aparecido en 1948 y El hombre de letras en el mundo moderno, editado en 1955.
Allen Tate constituye una de las figuras más importantes de la literatura sureña norteamericana, que tiene en su haber a nombres de la talla de Carson McCullers, Tennesse Williams y Willam Faulkner, pero como los nombrados, su tratamiento del género de expresión elegido —en su caso, la poesía— entendió que su abanico refrencial no podía limitarse al color local, sino que debía partir de él para referirse a la misma condición humana, en un plan mucho más ambicioso. Partiendo de sus poemas, donde el trasfondo es definitivamente ese Deep South ensangrentado por la guerra civil en el siglo XIX, reducido en sus pretensiones por el vencedor —el norte industrial y más acorde con el siglo XX al que terminaría imponiéndole su impronta— Tate logra proyectar sobre su época, como un remordimiento, el precio que también acarreó la derrota de la imago mundi de un sector de los Estados Unidos, que no logró perdurar en la gran sombra que este país habría de proyectar sobre el mundo entero luego de la Segunda Guerra Mundial. Con la derrota del sur, del Old Dixie, nos dice Tate, no sólo se extinguió para siempre un sistema económico retrógrado, un esquema del mundo que iba pereciendo ya con el siglo XVIII, sino también unos valores que nunca habría de rescatar para sí el colosal influjo de los Estados Unidos sobre la escala de valores que sobrevendría tras su consagración como potencia mundial a mediados del siglo XX. Estos valores perdidos son definitivamente opuestos a los hechos propios por la humanidad inmersa en una alienación tecnológica y materialista donde el individuo ha perdido todo el sentido de ser algo más que una mera pieza de la producción en serie, reducido él mismo a su mera función de ejecutar las ordenanzas sociales que ni siquiera entiende, reproducirse y morir. Sin embargo, como lo humano no deja de ser algo vivo en este panorama ordenado, la resultante viene a ser un ordenamiento donde lo ordenado convive con lo oculto, por lo cual se instaura una estructura esquizofrénica, compuesta por individuos fragmentados que, aunque reducidos a su mínima expresión como tales, no dejan de padecer el recuerdo de lo que eran o debían ser originalmente, dado que el orden dictado no alcanza a cerrar la fisura entre el ser y el deber ser. Contra esta dicotomía se rebela la poesía de Allen Tate, desde unos presupuestos que, desde su primera aparición pública, fueron abundantemente motejados de reaccionarios y retrógrados, por el positivista impulso que había tomado la sociedad donde habían nacido: una sociedad que creía haber descubierto el Santo Grial del confort y el bienestar materialistas como la panacea, también, para todos los males del espíritu, valga la monstruosa ingenuidad del presupuesto. El mismo Tate, sarcásticamente, tituló a su primer libro de reflexiones literarias Ensayos reaccionarios sobre poesía e ideas, a fin de dar mayor pasto a sus detractores. Pésimamente entendido por la izquierda norteamericana de su época, que creyó apenas ver en él a un representante de los viejos valores estadounidenses que había que derrocar, fue peor entendido por la derecha liberal, quien más miope todavía lo asumió como un retrógrado que hablaba de esos mismos viejos valores que ella había descartado hacía mucho, no porque estuviera en contra de los mismos, según su lectura meramente superficial, sino definitivamente porque no tenían razón de ser en el proyecto de nación y luego de mundo trazado a la escala misma de ese proyecto de país que había bosquejado. En este contexto, el profesor de la prestigiosa Vanderbilt University pasó a ser uno de los poetas más importantes de los EE. UU., mal que le pesara al autor de tantos textos referidos a la alienación y la confusión que embargaban a los ciudadanos que sin pensar un minuto en lo que había escrito lo aclamaron institucional y oficialmente. Tate, que repudiaba el rumbo de la época, se constituyó en uno de los poetas académicos de los Estados Unidos, y por eso mismo fue repudiado por aquellos que veían en otro tipo de poesía —la que quizá estaba rescatando parte de los mismos valores que él defendía— una voz mucho más entendible, más adecuada para ser difundida, más acorde con los nuevos tiempos. Para los nuevos popes de la poesía norteamericana, los beats, nombres como el de Tate representaban lo viejo y lo consagrado, sin comprender que aquel anciano que asistía a los happenings y otros rituales de sus jóvenes alumnos, inmersos en el flower power al que tanto le debieron su fama Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Ferlinghetti, Gregory Corso y otros, había dicho muy fundamentadamente bastante de la médula de lo que ellos repetían: Tate, décadas antes y la mayoría de las veces, más vertebradamente.
El fracaso de Tate como poeta político y el triunfo mediático de quienes lo sucedieron se explica meridianamente. Tate es una de las mentes más brillantes emanadas de la corriente que abrió en el siglo XIX Edgar Allan Poe, la línea culta y «hermética» —al menos, para los lectores que vinieron luego— que cedió sus posiciones ante el mayor «poder de fuego» de la línea poética abierta por Walt Whitman y sus seguidores, decididamente coloquial y llana, acorde con los tiempos por venir. Mucho más adecuada para ser difundida por los mass—media, por la doble razón de que es «más entendible» y «más emocionante» que la poesía de los descendientes de Poe, la escuela de Whitman es adecuada para las multitudes: no apela al arduo trabajo que debe haber desarrollado un entrenado lector de poesía para acceder a los mejores textos del género, sino que garantiza que casi cualquiera que se lo proponga puede creer que entendió lo referido por el poeta. La poesía de raigambre whitmaniana es la apoteosis de la polisemia, esa democracia in extremis del significado. Algo que cabía justo para el proyecto de nación que habían elegido los Estados Unidos: fácil, rápido y accesible, aunque fuera el conjunto absolutamente ilusorio. Desde el acceso al supuesto confort hasta la vía rápida y sin tropiezos a las más altas cumbres del pensamiento humano se trazó una inquietante supercarretera entre la planeada mediocridad masiva en la que había que sumir al espíritu humano y su relación con la cultura per se, que resulta siempre tan peligrosa si no la reducimos a su fantasma kistch. En la trampa, desde luego, cayeron los buenos whitmanianos -las figuras más conocidas, traducidas y celebradas de la poesía estadounidense, incluyendo al nacido alemán Bukowski- pero no los autores como Allen Tate, que en su temprana juventud, con otros disidentes del «progresista» espíritu que iba cobrando la cultura norteamericana y luego su fotocopia occidental, había integrado un grupo llamativamente denominado “los fugitivos”. Hoy Tate es historia.

EL PARADIGMA
Porque cuando se encuentran, el aire tensable
Aguanta como acero del bueno el peso
De mensajes que ambos corazones sostienen,
Una vez pasión pura, ahora odio puro;

Hasta que el aire tensado como una fría mano
Aferrada a otra igualmente fría, hueso contra hueso,
Los sepulta en su congelada tierra
(sólo algunos pies cuadrados) donde
Se petrifican sus dos corazones y no tardan
En traspasarse su mundo impenetrable;
De ese modo se difumina el espejo de cada uno
Cuya imagen es la superficie desparramada
Por el aire; no es cristal el aire;
Del mismo modo es su efímero antagonismo
Quebrado como un duro espejo por aquello
Que la cualidad del aire debe ser.

Porque en el aire se encuentran todos los amantes
Luego de convertir en odio su amor;
El amor es solamente el eco de la partida
Capturado por el rayo de sol que se extiende
Sobre el exilio helado de la tierra
Y se extingue. Cada uno es el crimen del otro.
Esta es su equidad al nacer,
Y el odio su ignorante paradigma.

THE PARADIGM: For when they meet, the tensile air/ Like fine steel strains under the weight/ Of messages that both hearts bear—/ Pure passion once, now purest hate;/ Till the taut air like a cold hand/ Clasped to cold hand and bone to bone/ Seals them up in their icy land/ (A few square feet) where into stone// The two hearts turning quickly pass/ Once more their impenetrable world;/ So fades out each heart´s looking-glass/ Whose image is the surface hurled// By all the air; air, glas is not;/ So is their fleeting enmity/ Like a hard mirror crashed by what/ The quality of air must be.// For in the air all lovers meet/ After they´ve hated out their love;/ Love’s but the echo of retreat/ Caught by the sunbeam stretched above.// Their frozen exile from the earth/And lost. Each is the other’s crime./ This is their equity in birth— Hate is its ignorant paradigm.

ODA AL MIEDO

Que brille el día: Oh, memoria, tu huella
golpea en el pulso de la sofocante noche,
la noche que espía con su cabeza oscura pero ardiente,
su luz tensada y oculta quema en el día.
Ahora ellos no se animan a glosar tu salvaje sueño,
oh bestia del corazón, aquellos santos que tu nombre maldijeron;
eres el torrente del blando río,
sombra invisible, acechante y atenta llama.
El mayor de mis compañeros, presente en la soledad,
vigilante perro tebano cuando el héroe ciego se puso de pie:
tú, omnisciente, en la encrucijada presente
mientras Layo, el viejo asesinado, humedecía la hierba.
Ahora invulnerable a la mirada de la profecía,
embozado y acosado, nos cazas en la calle
desde los rincones del mediodía de agosto,
el alerta mundo encima, acurrucado a los pies del aire.
Eres nuestra seguridad de una vida inmortal,
odio de Dios a la mácula universal,
la herencia, oh miedo, de la antigua batalla
creado con los tejidos de la vena.
¡Y cuando todo había sido pronunciado yo vi tu forma,
la más ágil y artera para el mundo
mientras, en una prolongada jornada de la infancia,
una seca tormenta explotó entre los cedros,
abalanzándose bajo la lumbre del sol!

ODE TO FEAR: Let the day glare: O memory, your tread/ Beats to the pulse of suffocating night—/ Night peering from his dark but fire—lit head/ Burns on the day his tense and secret light.// Now they dare not to gloss your savage dream,/ O beast of the heart, those saints who cursed your name;/ You are the current of the frozen stream,/ Shadow invisible, ambushed and vigilant flame.// My eldest companion present in solitude,/ Watch—dog of Thebes when the blind hero strove:/ You, omniscient, at the cross—roads stood/ When Laius, the slain dotard, drenched the grove.// Now to the eye of prophecy immune,/ Fading and harried, you stalk us in the street/ From the recesses of the August noon,/ Alert world over, crouched on the air’s feet.// You are our surety to immortal life,/ God’s hatred of the universal stain—/The heritage, O Fear, of ancient strife/ Compounded with the tissue of the vein.// And I when all is said have see your form/ Most agile and most treacherous to the world/ When, on a child’s long day, a dry storm/ Burst on the cedars, lit by the sun and hurled!



PUBLICADO EN EL Nº 10 Tercera Época Otoño 2007

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