martes, 15 de septiembre de 2009

¿Deben casarse los poetas?

por CÉSAR TIEMPO



El poeta comprende en cierto momento de su vida que debe cambiar de piel. Resuelve casarse. Está cansado de soportarse a sí mismo, de comer en los restaurantes o en los fondines, de trasnochar, de realizar su obra sin otros incentivos que su autosobreestimación. Una mujer, piensa, dará sentido a su vida, lo orientará dignamente. Y se resuelve. Scholem Aléijem eligió una mujer rica para compañera y no le fue mal. Enrique Heine eligió una mujer pobre y no le fue peor. Porque cuando Scholem Aléijem perdió todo lo que ha-bía aportado su consorte al matrimonio en especulaciones de Bolsa, ella no se resignó a vivir en la miseria y lo obligó a malbaratar su tiempo en cien ocupaciones diversas porque no quería hacer un papel deslucido ante sus relaciones de Kiev. Matilde, la mujer de Heine, era una pobre y bellísima francesa, tan ignorante que en los veinte años que compartió su existencia no leyó una sola línea suya, no supo que vivía en la intimidad de un hombre de genio. Pero lo asistió en sus años difíciles, los años de la parálisis que lo llevaron a la tumba, con una abnegación y una ternura infinitas. “Quien se casa, decía el poeta de ‘Intermezzo’, es como el Dux que desposa el Adriático: no puede saber qué es lo que contiene, si tesoros, perlas, monstruos o desconocidas tempestades”. Con todo, Heine estuvo siempre enamorado de su mujer. La encontraba encantadora. Y, lo que más le divertía, era que no se preocupó jamás de aprender el alemán para entenderlo. Pero ni Scholem Aléijem ni Heine tuvieron la desdichada vida conyugal de Víctor Hugo, por ejemplo. Adela Foucher lo traicionaba con Sainte Beuve, su íntimo amigo. “No sirvo más que para amarte”, le escribía el novelista inflamado de “Los Miserables”. Su voz resonaba en el desierto de un corazón sordo a sus reclamos. También Dostoiewsky era engañado por Alejandra Ivanovna Issaief, su esposa, y descargó su desdicha y su humillación escribiendo “El eterno marido”.

León Tolstoi tuvo que soportar cuarenta y ocho años a una mujer inaguantable hasta que se decidió, octogenario, a huir de su casa. La mujer de Pirandello fue una pesadilla constante para el dramaturgo. Terminó internado en una casa de salud. Pero no sólo en los tiempos modernos las mujeres hacían —o hacen— imposible la vida de sus cónyuges, con las excepciones que las honran. El profeta Isaías, que conoció los barrios señoriales de Sion, describe la conducta depravada, superficial y aparatosa de las mujeres de su tiempo, de las esposas de los soñadores, de los nobles, de los funcionarios de la Corte. Léase el capítulo II de su Libro y los versículos 18 y 24 del capítulo III. Nos estamos alejando, empero, del motivo esencial de estas notículas. Hablábamos de los soñadores de hoy, de los nefelibatas que cambiaban de estado. ¿Hacen bien? ¿Tienen madera para ejercer la vida hogareña? ¿Están preparados para vivir en compañía? El lugar que ocupa el instinto sexual en la vida del hombre, expresó un fisiólogo moderno, ha hecho posible espiritualizar el amor, enriquecerlo con experiencias de alta calidad, que obligan al individuo a realizar actos de heroísmo, sacrificio y auto-inmolación. Finalmente, este mismo amor humano se halla en no pequeña parte en la base de toda nuestra creación en el reino del arte. El lugar que en dicho reino ocupa la esposa varía en cada caso. Pero la experiencia no deja de ser excitante.

El soñador se ha casado. Pasan los días. El éxtasis da paso a la realidad. La mujer adora al compañero. Está pegada a él, observa cada uno de sus movimientos, lee las cartas que escribe y las que le escriben, si sale lo acompaña, si alguien lo visita permanece atenta a la conversación y no permite que al esposo —adora-do— se le escape la menor inexactitud. Si a él se le ocurre decir que su cuadro, su libro o su sinfonía le llevó un año de trabajo, ella sonreirá dulcemente y lo corregirá sin la menor malicia: —Pero, querido, si lo hiciste en una semana…

El artista empieza a añorar su soledad. La ve cada vez más lejana, más inaccesible. La compañera, en cambio, es feliz, enteramente feliz. Ha hecho de su ídolo desmelenado, abandonado e insociable de ayer, un hombre responsable de su papel en la sociedad. Su escritorio —o su atelier— ayer nomás un pandemonio, hoy están pulcros y ordenados como una bóveda. Todo brilla. El nefelibata se consuela recordando la copla casi apodíctica, del poeta de “El grillo”: Si quieres que sea tu vida / más profunda y más hermosa / mírala con dolorosa / mirada de despedida…

Es cierto que el amor es ciego. Pero el matrimonio es el oculista. ¡Y qué oculista!

PUBLICADO EN EL Nº 8 - AÑO 2005

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